Música a la -1

domingo, 9 de agosto de 2009

Rayuela - Cap.VII

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Julio Cortázar

domingo, 31 de mayo de 2009

Olvido


Ella yace allí, con esa aura inconfundible que despiden las cosas olvidadas, con la inquietud vacilante de quien pide un poco de atención. Hoy la he visto casualmente, la he visto mientras buscaba algún papel que he creído escondido en una habitación olvidada de mi casa. La he visto olvidada y polvorienta y me he preguntado si acaso alguna parte de mi espíritu también se encuentra así: olvidado como un páramo sombrío, polvoriento como los resquicios de las casas. He deseado sacudirme la tristeza como si fuera el polvo que se posa sobre su silueta. Pero, al igual que el polvo sobre ella, mi tristeza se ha vuelto también una conmigo, se me ha pegado a la piel como una hálito permanente y tras tantos años finalmente ha logrado escabullirse por entre mis poros. Me pregunto entonces que debo hacer para quitarme esta tristeza que me viene -literalmente- desde dentro. No sé. La he traído hacía mi y tiernamente he acariciado sus bordes con la palma de mi mano. Sólo me ha dejado polvo, el mismo polvo que ha acumulado su peso incansanblemente durante todo este tiempo.


Me digo si acaso será posible que percibamos el tiempo de manera incorrecta, han sido sólo unos cuantos meses los que la he dejado olvidada y sin embargo ella pareciera haber sido abandonada por otra persona en alguna época distante. Y es que todo ha cambiado tanto que me parece inverosímil que yo mismo haya sido quien la coloco ahí de donde hoy la he rescatado con más asombro que nostalgia.


Quizá ha sido otro. Otro quien la ha puesto en aquel lugar. Estoy seguro que no he sido yo. O en todo caso he sido yo ese quien la ha puesto ahí, pero yo ya no soy ese. Entonces estoy escribiendo las impresiones de otra persona y me doy cuenta que este yo que escribe no es más que la débil proyección de alguien que no está. Y es tan triste tener la certeza de que no soy quien creo ser, sino que soy la proyección de esos otros que he sido en algún momento.

Me gusta



...caminar en la madrugada, la lluvia, el otoño, el invierno, las calles tapizadas de flores, pensar mucho, hacer poco, conversar, escuchar, seguir escuchando(te), el cafe por la mañana, por la noche, el agua san luis, el vino, el olor a tierra mojada, a castaña, la voz de mi madre llamándome al desayuno (hace tanto que no la oigo), mi música, mis libros, el aire pasando por entre mis ropas, el sonido que hace el mar, el ocaso de colores violáceos, buscarle formas a las nubes, caminar bajo la lluvia, cuando inventas palabras conmigo, que me contradigas, que seas tan así, ser tan asá, el cable, el trabajito, el sexo por la mañana, el sexo contigo (siempre a la mennier), tu rostro, tus manos -la simple maravilla de tus manos-, tu sonrisa...

No me gusta......


el bochorno de esta ciudad, los lugares con mucha gente, mi desidia, esperar inutilmente, el apio, el ají, que me avisen a ultima hora todo, mentirme (pero lo hago), que no me devuelvan libros, películas, discos, ropa, tu inestabilidad, aceptar que ganaste, vivir en casa, pisar barro, que me digan que me comprenden, que estes triste, molesta, que lo estes por mi culpa, que siempre sea mi culpa....

jueves, 21 de mayo de 2009

Jueves


Es de madrugada. Las palmeras se mueven levemente, recortadas contra el cielo oscuro esperando el primer haz del astro solar. Es tan solitaria la calle a esta hora. Pienso que no hay nada más bello que esta soledad imponente. Pienso que sería tan lindo si lloviera. ¿Has oído el sonido de la lluvia al caer?

Es jueves ya. He llegado a casa de madrugada y algo más. He preparado café sin azúcar, aun quiero prolongar esa sensación áspera y amarga del cigarrillo que he fumado. He encendido la computadora tan sólo para ver tu rostro, unas quinientas veces.

He sonreído quinientas veces. Me he entristecido quinientas veces también.

He pensado que no es muy sensato hacer todo lo anterior, especialmente eso del quinto párrafo. He pensado también que me llega altamente el párrafo anterior, pues la sensatez en estos días anda huyendo de mí.

He bebido el café, ahora frío y amargo. He apagado la computadora. He arrojado el resto de café por el lavadero. He querido también arrojarme por el lavadero, pero mi tamaño y mi estado no-líquido me lo han impedido, por eso me alivio arrojando mis lágrimas que sí son líquidas.

He ido a mi cuarto, he encendido la luz, he notado mi soledad y lo anchurosa y fría que puede ser mi cama, lo anchurosa y fría que será ahora mi vida. He dejado de escribir todo esto en mi mente. He apagado la luz. He notado lo oscuro que está todo. Lo oscuro que puede ser todo, así se ande de día o de noche.

He querido cerrar los ojos y no pensar en nada, ni en lo oscuro. He aplastado mi rostro en la almohada y me he dicho muy bajo: todo pasará, pronto te marcharás –por segunda vez- por ese lavadero, como mis lágrimas. Todo pasará, pronto, pronto.

Adiós.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Huida

HUIDA

 

Las personas se definen por

 la intensidad de sus silencios.

Alonso Cueto

 

Andabas con paso cansino, con esa expresión de seria meditación dibujada en tu rostro, con algo indefinible y poético a cada paso que dabas, como queriendo explicarme que a veces basta el vacío, el silencio absoluto como comunión  entre dos personas, entre dos mundos que inexorables van el uno al encuentro del otro.

 

Y  yo te miro complacido. Observo fijamente cada desganado movimiento  que tu cuerpo hace al sentarse en esta banca, en esta banca verde en la que otros cuerpos, otras historias (¿acaso similares a la nuestra?) también se han sentado de mala gana unos momentos; e intento ir más allá, indagar en ese laberinto de imprecisiones que se oculta tras tu mirada, tras las lentas aspiraciones del cigarrillo que fumas sin convicción, cómplice, porque también yo estoy fumando. Y todo esto tiene algo de nostálgico, algo caótico y maravilloso al mismo tiempo, un elemento abstracto que  flota y se confunde a tu alrededor como un vaho que también me alcanza y me envuelve en esa callada y tácita manera nuestra de sellar las cosas con sólo una mirada cómplice, y me figuro conocerte de toda una vida (o quizá de toda una muerte), como si a cada instante tuviéramos la certeza de lo que piensa y siente el otro, a manera de  una perfecta simbiosis mustia.

 

Extiendes tus brazos hacía mí  en un gesto amoroso. No, sólo lo haces por cansancio, porque te encanta dejarte ser entre mis brazos, recargar el peso no sólo de tu cuerpo, sino también el de tus culpas en mi pecho, lentamente haz llegado a mi regazo, te quedas ahí quieta, silente, dejándome percibir a duras penas tu presencia, permitiendo que mis manos dibujen tu rostro, que acaricien tu cuerpo  y se pierdan en tus cabellos; tus pechos suben y bajan mecánicamente cuando ejecutas ese penoso ejercicio que es respirar ¿qué puedo darte yo?. Absolutamente nada de lo que necesitas seguramente, qué puedo darte sino un descanso, qué puedo ser para ti sino una isla, un reposo, ofrecerme en inútil sacrificio para consolar esa abrumada existencia que llevas.

 

De repente dices algo. No alcanzo a oírte. Lo has dicho moviendo apenas los labios, puedo entenderte perfectamente, basta con que me mires por un momento, en contados e insospechados instantes, gesticulando lo mejor que puedes una mueca que en algo se parece a una sonrisa, pero que a pesar de ello (y justamente por ello) me inspira ternura y  me produce también un sobresalto, la sospecha de que a pesar  nuestro (¿o mío solamente?) no podremos seguir juntos;  y así  me sonríes, y esa casi sonrisa es una afirmación muda, un asentimiento de algo que no llegamos a entender del todo, de algo que nos une en la inconmensurabilidad del tiempo, aunque sabemos que hay abismos ya insalvables entre nosotros.

 

Te pasas así un rato incalculable de tiempo, silenciosa, cavilando quién sabe qué cosas, pensando quizá en infinitos acontecimientos que te han acaecido; en aquella ocasión en que te robaron un reloj que pertenecía a tu hermana, o esa vez en que intentabas lastimarte para que tu madre crea que te asaltaron, y a pesar de que estamos aquí, juntos en este tiempo, espacio y lugar, no puedo dejar de pensar que al mismo tiempo nos encontramos a  distancias infranqueables entre nosotros, como si tu vida discurriera del otro lado del vidrio tras el cual te contemplo extasiado, y desde el cual, desesperado, te envío un mensaje cifrado, una angustiosa noticia de mí mismo, acaso la clave de mi salvación propia, un débil intento de comunicación entre esos mundos que nos separan.

 

Por fin nos paramos, te vuelves hacia mí y  me miras con un ligero estremecimiento, algo así como cuando asomamos nuevamente a este mundo desde la dimensión del sueño; así vuelves tú desde ese universo que llevas dentro, y me produces un bienestar enorme, me confirmas que todavía quedan cosas por las que vale la pena no matarse  aun, y esa tonta idea mía cobra ahora un nuevo y profundo  significado gracias a ti. Me conforta la sensación de que he contribuido en algo a ese descanso que tanto anhelas.

 

Caminemos juntos un momento me dices, las palabras salen dulcemente de tus labios y vuelves a posar tus ojos en mí de forma amorosa, con una firme ternura, y entiendo que una frase tan superficial, puede a veces tener un insondable significado; y yo nada más atino a  caminar a tu lado, a dejarme llevar por tus caprichos, a tratar de entender que mi racionalidad es a veces una maldita manía, que de nada me sirve ser racional contigo, porque lo nuestro es algo por constitución  irracional.

 

Caminamos lento, tomados de la mano, como omitiendo el mundo al andar, observando sin más como, mansamente, la alameda se va dibujando a cada paso que damos. No puedo evitar preguntarme qué pensamientos ocupan tu mente, qué cosas se anidan tras tus ojos, si acaso soy yo quién puede entender en algo tus angustias y ansiedades. De repente te quedas inmóvil, me abrazas fuerte, me miras triste, largamente y me besas.

 

Entonces me has susurrado que quisieras estar a solas conmigo y me miras esperando una respuesta. Me pregunto si pretendes olvidar que el sexo no nos salvará de nuestras propias soledades, si acaso ignoras que es muy tarde ya para andar ese camino. Pero también percibo que hay algo más en esa forma de pedirme las cosas. Esa casi súplica tuya en realidad encierra un mensaje que sólo yo podría comprender, algo que no eres capaz de decirme sin que te traicione el ánimo, sin que una lágrima asome a tus ojos negros, como una noche sin estrellas, y es que hacer el amor es una forma de despedirnos sin tener que caer en el  formalismo insoportable del adiós, ¿verdad? Tus ojos siguen fijos en mí. Acepto.

 

Entramos en la habitación, la examinas un momento, luego volteas hacía mí, apagas la luz y, sonriendo, te acercas. Mis manos redescubren tu geografía por vez primera, recorren nuevamente  tus contornos de ángel mujer, tus labios se precipitan sobre los míos con la misma furia de otros amaneceres, como si el tiempo (tan fútil) no hubiese transcurrido entre nosotros. Entonces, tras tu cabello enmarañado logro atisbar tu rostro, te pareces al mundo en tu actitud de entrega, la misma voluptuosidad de otras ocasiones, un volcán que me quema y me consume. Que se cierne sobre mí con la lujuria que sigue a los períodos de brutal abstinencia. Que se entrega a un frenesí incontrolable hasta la última de tus exhalaciones. Tu cuerpo, finalmente,  ha cedido al desgaste físico y descansa –desnudo e indefenso- a mi lado. Me visto lentamente. Te miro un último instante y cierro silenciosamente la puerta.

 

Mientras bajo las escaleras un pensamiento asalta mi mente: huir (sí, huir) mientras dormías no ha sido más que aceptar que no puedo decirte adiós. ¿Lo entenderás?

 

El frío de la madrugada golpea mi rostro. Camino sin ninguna prisa, no logró pensar en nada que no seas tú. Tu imagen, la última, bella y  maravillosa imagen que  me has regalado, perdura aún en mi cabeza.

 

...y seguramente seguías bellísima al dormir, durmiendo plácida y soñando sueños en los que yo tan sólo soy una sombra, una evocación efímera y sin importancia, mientras yo me embriago  recordando el sonido  de tus palabras, caminando insomne durante la madrugada con una irreprimibles ganas de volverte a abrazar por primera vez y tú (en mis delirios) preguntas si te quiero. Claro que te quiero y además eres lindísima y además qué diablos importa por qué te quiero, si lo único que he hecho es adorarte en cada momento, si siempre seguiré queriéndote como nunca te quise ni llegaré a quererte...en nadie.

Asedia

Asedia

 

Nos afirmamos en la medida en que,

tras una realidad dada, perseguimos otra donde,

más allá del mismo absoluto, seguimos buscando.

E.Cioran

 

Cansancio, sueño, ojos que se cierran aun cuando el pensamiento flota, libre, en dimensiones desconocidas. Ganas de dormir. Dormir.

 

Madrugada. Los sonidos llegan de quién sabe donde ¿de allá afuera, de la calle?. Sí, algunos. Los otros se originan en mi cabeza, me escucho. Puedo escuchar todo, la habitación esta completamente a oscuras, es la oscuridad la que facilita que los sonidos de un mundo subterráneo lleguen claramente a mis oídos. Duermo.

 

Despierto sobresaltado, imposible dormir. Hay tanto que escuchar cuando muere la ciudad: el tic tac endemoniado del reloj, un auto circulando por alguna callejuela, las aves nocturnas, esas mensajeras de mundos desconocidos. Me hablan en un lenguaje ininteligible, me esfuerzo en comprender su llamado, esa desesperación gélida. Esfuerzo inútil.

 

 Ignoro el tiempo que llevo lúcido, sumergido en esta oscuridad que no sólo me rodea, sino que me alcanza y me desborda, se apodera de mí. Quizá soy yo quien esta dentro de ella, quien invade su espacio, entonces, si es así, merezco ser su prisionero, perderme en ella. Las horas pasan inagotablemente; la eternidad también se puede –a veces- expresar en minutos.

 

Nuevo intento de dormitar. Nada. Sólo esperaré aquí, inmóvil hasta que amanezca, y entonces... entonces volveré a lo habitual, a mis movimientos torpes por las callejuelas, a una supervivencia mineral.

 

Poco a poco los ruidos que proliferan en el silencio de la noche me han abandonado y les han cedido el paso a otro tipo de ruidos. Ruidos que ustedes pueden percibir. En cambio yo, soy testigo de las devastaciones de otro mundo. ¡Ahh!, si escucharan lo que escucho, si lograsen oír el lenguaje de esos seres que viven subyugados a la noche, irradiados por un mórbido sol nocturno.

 

Seres cuya existencia alcanzo a adivinar en mis temores, acechantes, prestos a alimentarse  de mis miedos para proseguir con su vida nictálope. Una raza emparentada con las serpientes y con los murciélagos. Son ellos los que eternamente me siguen en esta oscuridad, me hablan. Inútil tratar de no escucharlos.

 

Por fin ha amanecido, ya los rayos del sol me golpean con su calor a través de las grietas del techo de esta habitación  lúgubre. Abro los ojos. Aún mi universo esta en penumbras, sólo me queda el consuelo de unas gafas oscuras y un sucio bastón.